Última actualización: 26 de noviembre de 2025
La lana acompaña a la humanidad desde hace milenios. Fibra cálida, transpirable y biodegradable, fascina por su complejidad y por la manera en que conecta al animal, el paisaje y el saber hacer humano. Detrás de un simple jersey o un abrigo de lana se esconde una cadena extraordinaria, que comienza en el lomo de una oveja y termina en la delicadeza de un tejido o un punto. Comprender la lana es sumergirse en una historia de territorios, técnicas, ética y desafíos medioambientales.
La lana es una fibra queratinizada1 que crece de manera continua en las ovejas. Su calidad depende de la raza, el clima, la alimentación y la salud del animal. La finura, medida en micras, define su uso final: las lanas finas como el merino ofrecen suavidad y elasticidad, mientras que las lanas más gruesas, de tacto rústico, aportan robustez y estructura.
Cada vellón cuenta un entorno. Una lana merina australiana finamente rizada no tiene nada que ver con una fibra larga y brillante procedente de las ovejas Lincoln del norte de Europa. Detrás de estas diferencias se esconden tantas culturas de cría, suelos, climas y tradiciones pastorales como variedades existen.
Cada año, la lana se recolecta durante la esquila. Este acto antiguo, aún ampliamente realizado a mano, busca tanto el bienestar del animal como la recuperación de la fibra. El vellón cae en una sola pieza, casi escultórica, y luego comienza un meticuloso trabajo de clasificación.
La esquila puede ser una etapa delicada. En las explotaciones responsables, los esquiladores están formados para manipular al animal con cuidado, limitar heridas y reducir el estrés. Esta atención forma parte integral del valor ético de una lana.
Una vez separada de la oveja, la lana se clasifica, ordena y transforma:
La lana bruta contiene lanolina2, polvo y vegetales. El lavado industrial limpia la fibra y separa la lanolina, preciada en cosmética. Es una etapa muy demandante en agua, cuyo impacto ambiental depende en gran medida de la gestión de los efluentes.
Luego viene el cardado, que desenreda y airea la fibra. Se abren entonces dos caminos:
La mecha se convierte en hilo gracias al estirado y la torsión. Se puede teñir la fibra en diferentes etapas: antes de la hilatura, en el hilo o en el tejido acabado. Las elecciones de proceso influyen en el impacto ecológico, especialmente en el consumo de agua y energía.
Por último, la malla o el tejido están listos para la confección. Una lana peinada dará un traje fluido; una lana cardada ofrecerá el relieve de un abrigo o un jersey grueso.
Con una finura que puede bajar de las 17 micras, el merino es la estrella de la ropa técnica. Regula perfectamente la temperatura, absorbe la humedad sin parecer mojado y es naturalmente antibacteriano.
Estas lanas intermedias o largas, brillantes y sólidas, son muy apreciadas para abrigos, alfombras y textiles para el hogar.
La primera esquila de un cordero ofrece una fibra suave, ligera y muy regular, muy valorada para prendas de punto de alta gama.
Cachemira, mohair, alpaca, yak, camello… estas fibras, primas de la lana, enriquecen la paleta táctil y técnica de los textiles naturales.
La producción de lana dibuja un mapa muy desigual. Australia y Nueva Zelanda dominan el mercado del merino. China es a la vez un gran productor de lana bruta y el principal centro de lavado, hilatura y transformación. El Reino Unido, Turquía, Uruguay, Argentina y Sudáfrica aportan sus propias características de fibra.
Las regiones laneras moldean culturas pastorales únicas, donde la lana es tanto un producto agrícola como un legado histórico.
La lana es una fibra natural, reciclable y biodegradable. Pero su impacto global no es neutro.
La mayor parte de la huella de carbono de la lana proviene de la propia oveja: metano ligado a la digestión, ocupación del suelo, riesgos de sobrepastoreo. Una gestión razonada de los pastos es esencial para preservar los suelos y la biodiversidad.
El lavado, la tintura y el acabado son etapas intensivas en energía. Las instalaciones modernas invierten en filtración de aguas residuales, recuperación de calor y colorantes menos tóxicos.
La lana es una de las pocas fibras textiles realmente biodegradables. También puede ser reciclada mecánicamente, especialmente en regiones especializadas como Prato en Italia, donde los tejidos de lana reciclados tienen una huella de carbono muy baja.
La lana plantea cuestiones esenciales sobre la forma de tratar a los animales.
Practicado en ciertas regiones de Australia en ovejas merinas, el mulesing consiste en retirar una banda de piel para prevenir la infestación de moscas. Durante mucho tiempo tolerada, esta práctica es hoy muy cuestionada por su crueldad. Cada vez más marcas se comprometen a utilizar únicamente lana mulesing-free.
Una esquila ética implica gestos precisos, una formación sólida y una remuneración justa para los esquiladores temporeros. El bienestar animal se convierte en un criterio comercial además de moral.
El estándar más extendido. Cubre:
Etiqueta neozelandesa muy exigente, que garantiza una lana de alta calidad, trazable, mulesing-free y producida con respeto al medio ambiente y a los criadores.
Incluye requisitos agrícolas (ausencia de pesticidas, gestión sostenible de las tierras) e industriales (química controlada, condiciones laborales).
Estas certificaciones se vuelven esenciales para las marcas que desean ofrecer una lana realmente responsable.
La lana no es solo una materia. Es el fruto de un vínculo íntimo entre el animal y el ser humano, entre la naturaleza y la técnica. Es un recurso renovable pero exigente, que requiere saber hacer, respeto y una gestión responsable.
En un mundo textil dominado por lo sintético, la lana ofrece una alternativa noble — siempre que se produzca con ética, transparencia y conciencia medioambiental. Desde el vellón hasta el tejido, encarna un artesanado vivo, arraigado en los paisajes y orientado hacia el futuro.